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En Cuba, el cambio gradual es posible
29 de marzo de 2015
Manuel Cuesta Morúa es fundador del grupo disidente cubano Arco Progresista, de identificación socialdemócrata. Llegó a Buenos Aires días atrás invitado por el Centro para la Apertura y el Desarrollo en América Latina (Cadal).
 

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Manuel Cuesta Morúa es fundador del grupo disidente cubano Arco Progresista, de identificación socialdemócrata. De visita en Argentina, explica cómo es intentar hacer política en Cuba por fuera del Partido Comunista, pero dentro del marco de la ley vigente.

Por Alejandra Conti

“Cuba es el símbolo de que en América latina las democracias son todavía débiles, dice el historiador y político cubano Manuel Cuesta Morúa. Y lo explica así: “Cuba pertenece a varios organismos regionales que cuentan entre sus fundamentos con el respeto a los derechos humanos, la democracia representativa, la división de poderes republicana, pero nadie le reclama a Cuba que cumpla con esos principios. Durante la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac) que se realizó en mi país en enero de 2014, el régimen castrista reprimió a quienes intentamos organizar un foro alternativo. Ningún gobierno protestó; nadie le exigió a nada a Cuba. Como tampoco le exigen que cumpla con el pacto por los derechos humanos y políticos que firmó en 2008”.

En 1991, Cuesta Morúa tuvo su último trabajo en una entidad oficial cubana, la Casa de África del Museo del Historiador. Luego de haber sido expulsado de allí, se dedicó a militar y trabajar por los derechos humanos y políticos para los cubanos.

Llegó a Buenos Aires días atrás invitado por el Centro para la Apertura y el Desarrollo en América Latina (Cadal). En una entrevista telefónica, explica que las organizaciones de centroizquierda cubanas, como Arco Progresista, son miradas con cierta incomodidad por los partidos adscriptos a ese sector ideológico en el resto de la región. Los ponen en una evidencia: reclaman fervorosamente el respeto a los más básicos derechos democráticos en todas partes, salvo en Cuba.

Pero Cuesta Morúa es extremadamente prudente en sus expresiones. No apunta, no acusa, no se queja. Al contrario, resalta la buena recepción que tuvo por parte de referentes del Partido Socialista, del GEN de Margarita Stolbizer, de la Unión Cívica Radical. Inclusive resalta que advierte una evolución en los últimos tiempos. “La relación que tenemos con los partidos pares no es lo ideal pero va progresando. Estamos tratando de crear una red de apoyo al Arco Progresista y lo estamos logrando. De hecho, la gente con la que me entrevisté había firmado una carta cuando el gobierno me impuso una medida cautelar que me impedía salir del país solamente por mis ideas políticas. Pero el pasado pesa a la hora de movilizar a estos sectores”, agrega.

–¿Pesa porque no deja ver en qué se ha convertido la Revolución?

–Diría que la centroizquierda no desconoce el pasado y sus logros. Trabaja sobre el mismo imaginario de garantizar la equidad social, inclusive en mejores condiciones que las que existen en Cuba, siempre sobre la tensión de una economía débil y dependiente de factores internacionales. Nosotros buscamos un sistema superador. Aspiramos que el Estado pueda atender las demandas sociales de la gente, pero de todos por igual. Por ese motivo es que no venimos con la idea de confrontar o desconocer a ningún movimiento, y en esto incluyo al Partido Comunista y a la izquierda revolucionaria. Por el contrario, proponemos un cambio institucional con diálogo para posibilitar el Estado de derecho con mayor participación social.

–¿Cuáles son las posibilidades reales que tiene Cuba de evolucionar hacia una democracia?

–Ahora hay mayor disponibilidad social para involucrarse en un cambio paulatino, pacífico, gradual, civilizado. Hace 10 años, la sociedad nos daba la espalda; era reacia al cambio por miedo y por el peso de la narrativa del régimen. El gobierno asoció la disidencia a la acción de los Estados Unidos, y eso pesaba mucho. Pero por un lado, la gente ha ido reflexionando y, por otro, el gobierno no tiene forma de resolver los problemas y atender las necesidades concretas de la sociedad. Estoy hablando de cuestiones muy básicas que han quedado al descubierto. Por ejemplo, la salud. El gobierno cubano ha mercantilizado la salud. En Cuba se les cobra a los extranjeros y el gobierno concentra los mejores insumos y servicios para los que pagan. Un estudio por el que un cubano tiene que esperar seis meses, a un extranjero se lo hacen de inmediato. Lo mismo con los medicamentos. Mucha gente empezó a participar por el cambio para protestar por esto, que es visto como una gran injusticia.

–¿De qué manera trabaja su agrupación por ese cambio?

–Nuestra idea es un cambio constitucional que garantice la participación en la vida política, social y económica. Para eso estamos buscando una asamblea constituyente, porque la constitución que tenemos está pensada para el Estado y no para el ciudadano. Creemos que esos cambios se pueden producir de a poco.

–Sin embargo, para eso se necesita legislación específica que difícilmente salga de la actual Asamblea Nacional (Parlamento)...

–Pero lo estamos intentando. Estamos trabajando en un proyecto de ley de asociaciones y partidos y en una nueva ley electoral. Es cierto que el proyecto debe pasar por la Asamblea Nacional (AN). Si logramos presentar 10 mil firmas reales, la AN tiene que considerar la propuesta. Pero necesitamos más presión: buscamos una cifra que refleje una amplia voluntad social. Si logramos 100 mil apoyos y el respaldo de la comunidad internacional, el gobierno no puede hacerse el desentendido. En un proceso de cambio político gradual esto puede significar un cambio, siempre dentro del marco de la ley.

–No deja de ser alentador que las leyes vigentes permitan la elección de cualquier ciudadano para determinados cargos municipales.

–Existe el proceso de elección de consejeros municipales a los que se puede proponer cualquier persona. Se han presentado algunos activistas políticos y de derechos humanos. Pero no hay impacto real porque una vez que asumen no tienen ningún poder; solamente son receptores de quejas, pero no pueden instrumentar soluciones. Sin embargo, es un avance, porque hasta eso siempre estuvo cerrado a quienes no pertenecieran al PC. La última vez, 14 por ciento de quienes se presentaron no pertenecía al oficialismo. Esto se enmarca en el hecho de que el régimen está tratando de construir una nueva imagen frente al mundo sin cambiar los dispositivos para el manejo férreo de la sociedad. No quieren aparecer como reformistas por su vieja mitología revolucionaria.

–¿Han disminuido las represalias políticas?

–Lo que sucede es que el régimen ha perdido cierta capacidad de intimidación, sobre todo cuando se trata de cuestiones dentro de la ley. En eso, la sociedad cubana va por adelante del Estado. Pareciera que está petrificada, pero no es así, evoluciona.

–¿Evoluciona a pesar de los Castro o al margen de ellos?

–A pesar de los Castro. La gente se envalentona y reduce la capacidad represiva del gobierno. Cuando nos dieron el derecho a vender casas y autos, en realidad se blanqueó lo que era un fenómeno informal tan amplio que lo más racional era permitirlo y cobrar los impuestos. Eso se repite en otros espacios: la gente avanza y conquista porciones de derechos.

–En ese sentido, ¿qué progreso hubo respecto a la libertad de expresión?

–La ley cubana no reconoce la libertad de expresión, pero ya no es tan fácil encarcelar a alguien por las infracciones que pueda cometer. La gente habla en cualquier esquina, en el transporte público, expresa su malestar. Además, existen zonas libres de las teorías conspirativas de Granma y Juventud Rebelde . Mucha gente logra conectarse a la televisión del sur de la Florida. Con la liberalización de los viajes desde Estados Unidos, se da el tráfico de tarjetas de memoria con programas políticos de ese u otros países. Eso se ha conseguido a pesar del Estado y gracias a la sociedad civil.

–¿Qué posibilidad ve de una salida al estilo chino?

–Siempre es posible, pero tengo dudas sobre si van a lograr tropicalizar esa alternativa. Hay diferencias importantes: el autoritarismo chino es una continuidad cultural que está enraizada en la historia; no es así en Cuba. Si China puede abrir su economía y mantener cerrada su política, Cuba no lo puede hacer. El autoritarismo cubano sólo se puede mantener en un régimen completamente cerrado. Otro tema es la dimensión del mercado de cada país: imposible de comparar. Por último, mientras China inicia lo que llamamos una tercera ola de la globalización, nosotros no experimentamos eso. Concretamente, en Cuba no se ha hecho ni una mínima reforma que se asemeje a las reformas chinas. Y no se hace porque el régimen teme que la apertura económica tenga un gran impacto sobre su control de la sociedad.

–¿Cuál es el rol de Estados Unidos, en este proceso, para el grupo político que usted representa?

–Ninguno. Tenemos relaciones con organizaciones de ese y otros países. Pero como gobierno o Estado, ninguno. Fuimos de las primeras organizaciones que nos opusimos al embargo y a la política de Estados Unidos de confrontación hacia Cuba. Eso fue en 1991, cuando surgimos con el embrión de Arco Progresista. Inclusive lo dijimos dos años antes de que el gobierno cubano hiciera su primer reclamo ante la ONU.

Fuente: La Voz del Interior (Córdoba, Argentina), 29 de marzo de 2015