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Dos Mandela para los cubanos
Manuel Cuesta Morúa
13 de diciembre de 2013
(Cubanet) Hay dos Mandelas para los cubanos de la isla: el líder africano, el hombre contra el racismo del Apartheid, que curiosamente no tenía un discurso racial, y el líder por descubrir, profundamente auténtico y comprometido con la libertad por razones que tienen que ver más con el carácter: la dignidad humana, que con el ejercicio de determinados derechos.
 

(Cubanet) A muchos cubanos  demócratas nos falta altura de miras y humildad, digamos que cristiana, en momentos cruciales y significativos. Eso incluye a quien escribe. No colocarnos por encima de nuestra propia y accidentada biografía nacional, y del mal humor que nos provoca la historia y cierta indiferencia mundial, se traduce a menudo en la ausencia de empatía, justo cuando el resto del mundo detiene sus diferencias y recuerda una de las dos cosas que nos hace comunes: la muerte.

Eso nos pasó con el fallecimiento de Nelson Mandela. Madiba, que es el nombre del clan al que perteneció y el de uno de sus jefes en el siglo XIX, es un hombre global en el mejor sentido: en el de los valores que su vida expresa y representa. Entender eso es esencial, no para calar su estatura, sino para medir la nuestra. Porque solo se entiende el tamaño de nuestra lucha si le damos perspectiva a la mirada que damos a los acontecimientos que nos rodean, y solo se nos devuelve la sensibilidad que somos capaces de proporcionar a los demás.

En algunos lugares de la cubanía hemos perdido la perspectiva y la sensibilidad respecto a Nelson Mandela. En tiempos diferentes. Murió uno de los pocos hombres del siglo XX inscritos en la saga de los grandes de la historia y se nos ocurre, libertad de expresión mediante, criticarlo por un pecado típico, normal en los quehaceres de la política. Aliarse con quien no debemos, entregar la amistad a personas nada honorables, abrazar causas a la larga indefendibles, dar crédito a auténticos farsantes o apostar por las personas indebidas son actos tan cotidianos que nunca deberían hacer palidecer la virtud inscrita en el error mismo.

Si Mandela hizo todo esto con Fidel Castro, que no con la llamada Revolución Cubana               —habrían pocas pruebas de la emoción de Madiba por el régimen mismo—  sería bueno no perder de vista uno de esos rasgos casi exóticos por estas fechas: la lealtad.  Mandela fue leal con todos los que le apoyaron. Revelando lo más destacable en cualquier persona: el carácter.  ¿Recuerdan lo que decía otro de los grandes? Martin Luther King nos dejó esta idea maravillosa: la de soñar con el día en que los hombres fueran juzgados no por el color de su piel sino por su carácter.  Y en la lealtad se juzga, además del carácter. la confiabilidad: un rasgo derivado que nos permite ver lo más fundamental en personas públicas: la integridad.

Yo me sentiría bien junto a una persona que errara por aquellas virtudes. Sobre todo porque todos hemos prohijado a nuestro propio hijo de p… Sin embargo, Mandela, y esto parece que se sabe poco, hizo unas cuantas cosas a favor de nosotros.

En 1997, cuando el llamado Juicio de los 4, por el que fueron condenados a cinco años de cárcel Marta Beatriz Roque Cabello, Vladimiro Roca Antúnez, Félix Bonne Carcases y Rene Gómez Manzano, el gobierno sudafricano envió a su embajador como observador del  juicio, algo que no hicieron muchas de las democracias occidentales con representación en La Habana. Por otro lado, uno de sus representantes diplomáticos, de nombre políticamente impronunciable para los demócratas, Lenin, recibía abiertamente a los disidentes en la embajada y brindaba discretos apoyos a quienes les brindaba confianza.  Ya fuera del poder formal, Mandela supo criticar a su amigo por la represión de la mal llamada Primavera Negra e interceder específicamente por una de sus víctimas: el poeta y periodista Raúl Rivero.

Fueron estos antecedentes los que llevaron a que dos años después, con la celebración en mayo del 2005 de la Asamblea para Promover la Sociedad Civil, que lideraba Marta Beatriz Roque,  una representación sudafricana estuviera discretamente entre los diplomáticos que entonces asistieron al encuentro como observadores.

De hecho se decía en corrillos políticos, ya esto sí no me consta, que estos hechos llevaron a un enfriamiento de las relaciones entre Mandela y Castro  —el alto—  que nunca más se calentaría,  y que postergaría para nunca jamás una visita programada de este último al líder sudafricano.

Por estas y otras razones hay dos Mandelas para los cubanos de la isla: el líder africano, el hombre contra el racismo del Apartheid, que curiosamente no tenía un discurso racial, y el líder por descubrir, profundamente auténtico y comprometido con la libertad por razones que  tienen que ver más con el carácter: la dignidad humana, que con el ejercicio de determinados derechos.

Una mirada angular a imágenes poliédricas puede hacernos perder otros rostros empastados en la personalidad de un hombre ciertamente referencial. Por muy poco alumbrado que esté uno de esos rostros, allí aparece para revelarnos la integridad del carácter de un hombre que cometió errores políticos, como él mismo reveló en su autobiografía, pero ninguno de orden moral.

Y, en cuanto a nosotros, no debería darnos el lujo de que la gente se pregunte, el día de la encuesta de percepción sobre la vida de Mandela,  de qué  pasta estamos hechos los cubanos, incapaces de hacer el balance de uno de los muertos más respetables del mundo.

Fuente: Cubanet (Estados Unidos)