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«Gracias, Trump»
Manuel Cuesta Morúa
18 de noviembre de 2019
(El Nuevo Herald) La escalada de medidas punitivas contra el gobierno cubano por parte de la administración Trump no ayuda en este ecosistema mundial a la democratización ni protege a los activistas y líderes prodemocracia en Cuba. Más bien lo contrario. El núcleo retórico de “legitimación” histórica de la represión civil, que ahora tiene a José Daniel Ferrer, líder de la Unión Patriótica de Cuba, entre otros presos políticos, languideciendo en las prisiones porque, falsa ultima ratio, la plaza está sitiada. En verdad, el paquete de medidas a favor de la democracia en Cuba daña fundamentalmente a su sujeto principal: los ciudadanos.
 
 

«Gracias, Trump»(El Nuevo Herald) Con esa expresión deben terminar los usuales banquetes de los duros del poder en Cuba, luego de degustar sus platos y bebidas preferidos, casi todos parroquiales: puerco asado, yuca con mojo, alguna que otra ensalada y Havana Club Máximo Extra Añejo. Entre alguna que otra langosta Hemingway y un Cohíba Behike.

Después, a respirar con sosiego, susurran. Casi pueden disfrutar su siesta española. El gobierno de Trump sigue proporcionando, y fortaleciendo, sus armas de control necesarias: narrativa del enemigo, transferencia de la culpa, coartadas represivas, neutralización social, poderes de excepcionalidad y estatura geopolítica. Frente a estas ganancias, las pérdidas económicas son momentáneas y políticamente estratégicas. La capacidad e inventiva del gobierno cubano para parasitar la renta global están demostradas: sea endeudando más al país, (que lo digan los españoles) o gravando la entrada de moneda dura, o manipulando los precios de bienes y servicios o reubicando la seguridad detrás de viejos poderes geoestratégicos, ahora disruptivos (Rusia), dispuestos a cubrirles las espaldas en tiempos turbulentos.

Si a eso le agregamos cierta inestabilidad mundial, la emergencia de actores regionales que dan alcance global a modelos autocráticos, el fortalecimiento del par capitalismo-autoritarismo como nuevo paradigma (China) y lo que los estudiosos llaman la desconsolidación democrática (en casi todo el espacio democrático), nuestros duros regresan a la mesa para degustar el postre, casi más sabroso que la comida misma.

La escalada de medidas punitivas contra el gobierno cubano por parte de la administración Trump no ayuda en este ecosistema mundial a la democratización ni protege a los activistas y líderes prodemocracia en Cuba. Más bien lo contrario. Por dos razones clave: sustituye el debate interno por la discusión entre Estados, y debilita la fluidez entre el liderazgo cívico y político con la ciudadanía, siempre a través, y de regreso, de la coartada y el lenguaje combinados de la Guerra Fría y la guerra nacionalista. El núcleo retórico de “legitimación” histórica de la represión civil, que ahora tiene a José Daniel Ferrer, líder de la Unión Patriótica de Cuba, entre otros presos políticos, languideciendo en las prisiones porque, falsa ultima ratio, la plaza está sitiada. Este núcleo solo ha servido, además, para debilitar la voz de la comunidad internacional democrática, que atraviesa por otras gripes, y que casi no se escucha frente a la fuerte escalada represiva del régimen.

Las medidas tampoco dañan estructuralmente el bolsillo del Estado. El gobierno cubano es especialista en redistribución social de las lesiones económicas, redirigiéndolas hacia la sociedad. La pérdida momentánea de recursos el gobierno las ha sabido compensar reajustando los precios de mercado, o sofisticando las fuentes de ingresos de dinero del exterior. Las remesas y el flujo mercantil entre cubanos constituyen la tercera fuente (en ausencia de estadísticas contrastables, no se sabe cuál puede ser su lugar según su volumen neto) de ingresos de la economía cubana, junto a la venta de servicios médicos y del turismo. Una matriz económica débil, suficiente no obstante para un modelo electivo de subdesarrollo económico. A este modelo un historiador Italo-argentino le llama la Santa Pobreza.

El disparo de la administración Trump a la línea de flotación económica no fue precisamente al barco del régimen. Fue al de la gente. Con la activación del Título III de la Helms-Burton (abril) y las restricciones de viajes de los norteamericanos a Cuba (junio) el mensaje de la administración parecía ser: castigo al gobierno, protección a los ciudadanos. Con las limitaciones al envío de remesas (septiembre) y a los vuelos (octubre) el mensaje es: para castigar efectivamente al gobierno cubano debemos castigar ahora a la gente.

¿La paradoja? El régimen cubano, que ha expulsado a cientos de miles de cubanos a lo largo de 60 años, aparece como el abogado defensor del reencuentro y la reconciliación familiares; mientras que Estados Unidos, que han recibido y dado abrigo a la mayoría de estos cubanos, parecen el fiscal general que levanta una causa contra aquellos. La percepción es también política. A veces la percepción es toda la política.

En verdad, el paquete de medidas a favor de la democracia en Cuba daña fundamentalmente a su sujeto principal: los ciudadanos. Si en las dos primeras el daño a estos parece colateral, en las dos últimas la dirección del daño se invierte: es colateral para el régimen cubano.

La secuencia temporal de las medidas contiene una lógica extraña, si es que están pensadas para la democracia en Cuba. Si ya los norteamericanos no pueden hacer turismo en Cuba, entonces cabe concluir que la mayoría de los viajeros en American Airlines y JetBlue, de junio a la fecha, no eran otros que cubanos en sus idas y venidas (más lo último que lo primero) en el proceso de normalización familiar. Y no me voy a detener en la importancia en sí misma del reencuentro de la familia cubana para ella y para la democracia en Cuba, sino en su doble impacto para el empoderamiento de los ciudadanos y la modulación de los conflictos, sin los cuales se debilitan las premisas sociales de la reconciliación democrática.

Y en términos de comunicación política esta secuencia temporal le viene a decir a los cubanos de a pie que la manera más eficaz de ayudarles pasa finalmente por hacerles sufrir. Que, de ahora en lo adelante, la ayuda norteamericana vendrá primero en forma de carencias, limitaciones y castigo como una forma de alcanzar la democracia. Pero el problema con este enfoque es doble. Por un lado, coincide con la mentalidad del gobierno cubano cuya filosofía de la esperanza es: para llegar a la sociedad de los iguales hay que sacrificarse primero en el altar del socialismo y, por otro lado, aleja precisamente a quienes es necesario involucrar en la lucha por la democracia y los derechos humanos.

Semejante política es errática porque carece de estrategia. La anterior política de Obama (que reivindico cada vez más) merecía ser corregida pero contenía una estrategia. Desde el embargo, que no es la fuente de nuestros problemas, ha habido una clara confusión entre pensamiento punitivo y pensamiento estratégico. Ambas cosas están en las antípodas.

Visto con claridad, sin embargo, esta política de aceleración punitiva poco tiene que ver con la lucha por la democracia en Cuba, tiene que ver con su restablecimiento en Venezuela. Estados Unidos siempre han tenido un profundo compromiso con la democracia y el respeto de los derechos humanos en Cuba. Sin ninguna duda. Pero los cubanos ya no somos solo y tanto víctimas de un totalitarismo reciclado, somos ahora el daño colateral de la resiliencia de Maduro.

El compromiso, profundo como es, debe ser traducido en una estrategia fundada en las realidades específicas. Como está demostrando Venezuela, para mal, el inhábil manejo de las expectativas puede marcar la diferencia.

Fuente: El Nuevo Herald (Miami, Estados Unidos)